Íngrid y los demás ocuparán un lugar en el martirologio del absurdo de hoy.
La imagen de Íngrid Betancourt en su secuestro evoca las láminas de ciertas damas del romanticismo decadente atormentadas por un amor imposible. Una joven viuda reciente, tal vez. El medio perfil, la palidez, los cabellos sobre el hombro flaco, y el rosario, traslucen el destrozo del alma. Se podría decir que Íngrid está más bella que nunca ahí sentada en un taburete precario delante de una tabla, como una estampa ejemplar de la sensibilidad romántica. Si no fuera la expresión del dolor de una mujer de carne y hueso, humillada, en una resignación sin nombre. Y de una realidad reducida a absurdo. En nombre de un idealismo absurdo.
En las láminas la musa romántica suele tener un fondo de camelias o de rosas y una casa inglesa entre magnolios que consuelan su desgracia. Íngrid está enmarcada por la selva más áspera del mundo. Y su actitud deja saber que detrás de ella no hay casa ni rosas ni magnolios sino un abismo insalvable. El absurdo de la naturaleza cruda. Y delante de ella nada propio, nada más de lo que le dicte la voluntad de un loco aterrado, además, como ella. Y absurdo.
Todo es absurdo. Si todo es absurdo es posible creer que el sufrimiento de Íngrid y sus compañeros, el gringo que hace el testamento con absurdo sentido práctico, el político cabizbajo escarbando la tierra con el zapato, el soldado que escribe telenovelas sostenido en lo absurdo por el amor, redimen el error desconocido todavía y monstruoso en su enormidad de una nación extraviada, dedicada a construir un infierno minucioso para sí misma desde cuando la fundaron. Por un absurdo. Es absurdo, además, el cinismo de llamar semejantes muestras de agonías pruebas de supervivencia. Es lo que puede forzar la semántica cuando se tuerce el sentido de las cosas y se envilecen las razones del heroísmo. Convertido en absurdo.
Es absurdo, cómo no, en el ambiente absurdo, el alboroto del orgullo herido. Las quejas de Chávez y Córdoba desvinculados del negocio bárbaro de cambiar cuerpos, lo que el absurdo llama acuerdo humanitario. Y las protestas de los funcionarios y el Gobierno y los generales y nosotros los demás todos. Y son absurdas para completar el absurdo las congojas remotas de los comandantes ante la imposibilidad de producir otras muestras de su caridad revolucionaria por culpa de los bombardeos de la aviación y de las presiones del Estado. Todo deja la impresión absurda de una disputa de carroñeros vestidos de motivos por el despojo de unas almas desnudas que languidecen en las cárceles de hojas de una horda justificada en un optimismo cancelado. Y absurdo. Inconsciente, y absurda en su persistencia en el servicio de un fracaso, y en la falta de grandeza para reconocer la frustración de su tarea bienhechora. Ya que carece de futuro.
Las degradaciones de la lucha por el poder suelen conducir a estos callejones sin salida sin esperanza, donde todo desespera. Las piedras. Y la inteligencia. Y las imágenes. Ningún proyecto político puede ser justo ni deseable si hace absurda la racionalidad. Y si reduce al ser humano al absurdo con ese rencor metódico y demente.
Las izquierdas guerrilleras, conducidas a estas condiciones depravadas, a las fronteras del delirio y el desorden interior, harían mejor recurriendo a la nobleza de espíritu, si queda, o a la imaginación, si falta, para aceptar la frustración universal de los ideales de la anacrónica y sombría dialéctica del odio; para administrar la derrota, el naufragio de sus dogmas de hierro que resecan la sensibilidad y amargan el corazón de la vida y no resuelven nada para la historia. Y convierten tantas veces a sus fieles en torturadores de la humanidad entera, avergonzándola y rebajándola.
Sin duda, esa mujer y esos hombres de los videos pasarán a ocupar con todo derecho un lugar en la crónica del martirologio del absurdo contemporáneo. Y una página de barbarie en la historia de infamias de las ideas políticas en Colombia. E.E.
La eternidad está conformada por pequeñas partes de tiempo.Lo infinito está hecho de sucesión de elementos finitos.La eternidad no existe.La vamos formando al sumar momentos. Sumemos momentos construyamos historias y saldrá poesía
lunes, diciembre 03, 2007
domingo, diciembre 02, 2007
Dignidad y secuestro
Sorprende ver imágenes de una mujer como Ingrid Betancourt, quien ocupara las primeras páginas cuando era una verdadera protagonista de la política Colombiana; verla ahora indefensa, plasmada su figura viviente como una pintura al óleo y soportando con total dignidad humillaciones y vejámenes; qué decir de los soldados y de aquellos otros secuestrados que parecieran anónimos, que no tienen la fortuna de tener una doble nacionalidad.
Se siente impotencia, humillación, frustración, angustia, rabia; al saber que no podemos solucionar de inmediato y con nuestras propias manos, una actitud tan demencial de las partes en conflicto y donde personas ajenas al mismo, mueren lentamente en vida aferrados a una esperanza muerta
Se explota y se trafica con el dolor y el sufrimiento humano, se negocia a diario con la incertidumbre, la frustración y la impotencia, de seres que no tienen absolutamente nada que ver con los intereses de las partes.
Que sentirán aquellos otros secuestrados que parecieran no tener nombre, aquellos mismos cuyas familias se van extinguiendo y desapareciendo por su propia angustia y solo están sujetas a la sobrevivencia diaria, no tienen amigos políticos guerrilleros ni paramilitares, no reciben la solidaridad de nadie y solo son víctimas de la pobreza y la violencia, gente que está completamente sola y abandonada y de los cuales nadie se ocupa de su dolor y su tristeza.
Quienes son los dueños de nuestras vidas?
Estamos todos secuestrados?
viernes, noviembre 23, 2007
Carta
Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Te regañé porque estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta.
Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso te volví a regañar y te empujé para que fueras a cambiarte de inmediato.
Camino al colegio no hablaste. Sentado(a) en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de mi tímidamente y yo sólo te advertí que no te portaras mal.
Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando. Llevabas puestos tus pantalones nuevos y estabas sucio(a) y mojado(a). Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos; que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mi te indiqué que caminaras erguido(a).
Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.
Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido?
Luego escuché unos golpecitos en la puerta. “Adelante”, dije, adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste indeciso(a) en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: “¿Te vas a dormir? ¿Vienes a despedirte?”
No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé… y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba.”Hasta mañana papito” me dijiste.
¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual.
Tú tenias unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo(a), puro(a), bueno(a) y, sobre todo, sabías demostrar amor.
¿Por qué me costaba tanto trabajo? ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba aburriendo? Yo también fui niño. ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?
Después de un rato entré a tu habitación y encendí con cuidado una lámpara. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé.
Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitación.
Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida.
Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso te volví a regañar y te empujé para que fueras a cambiarte de inmediato.
Camino al colegio no hablaste. Sentado(a) en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de mi tímidamente y yo sólo te advertí que no te portaras mal.
Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando. Llevabas puestos tus pantalones nuevos y estabas sucio(a) y mojado(a). Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos; que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mi te indiqué que caminaras erguido(a).
Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.
Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido?
Luego escuché unos golpecitos en la puerta. “Adelante”, dije, adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste indeciso(a) en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: “¿Te vas a dormir? ¿Vienes a despedirte?”
No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé… y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba.”Hasta mañana papito” me dijiste.
¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual.
Tú tenias unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo(a), puro(a), bueno(a) y, sobre todo, sabías demostrar amor.
¿Por qué me costaba tanto trabajo? ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba aburriendo? Yo también fui niño. ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?
Después de un rato entré a tu habitación y encendí con cuidado una lámpara. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé.
Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitación.
Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida.
Insistir
No hay pequeñeces,
hay mentes estrechas.
No hay pequeñeces,
hay corazones pequeños.
HAY QUE INSISTIR
PARA LOGRAR LOS SUEÑOS
Entusiasmo
"No tengo ni idea de lo que haré,
pero la incompetencia
nunca me impidió
encarar algo con entusiasmo".
Woody Allen
pero la incompetencia
nunca me impidió
encarar algo con entusiasmo".
Woody Allen
domingo, noviembre 18, 2007
Algunos nominados Hetores 2007
Uno de lo ganadores
Que sea ésta,
una semana de humor;
y olvidarnos un poco
de lo que nos causa rubor.
Que sea ésta,
una semana de humor;
y olvidarnos un poco
de lo que nos causa rubor.
Otro Diciembre......Vuelve y juega....
A propósito de la celebración de los "Hétores" en el día de ayer en Medellin, vale la pena recordar........de años anteriores, lo que siempre se repite.
Estamos en Colombia...Nos salva el Humor?
viernes, noviembre 16, 2007
A ambos:Nos sobran los motivos
Ahora que partes
me sobran los motivos,
para amar sin amarte
y tenerte sin sentirte,
para verte en sueños
y no tocarte,
o llorar contigo
cuando la risa apremie;
que haré sin tí
si aquí no estás?
derramaré la lágrima
que no moja,
te miraré en retrato
y te pintaré en el aire,
esperando el no tiempo
del reloj de paso.
Te amaré
sin amarte,
mujer no amante
amante mujer,
amante.
jueves, noviembre 15, 2007
Aguas cristalinas
Bañaban
tu cuerpo desnudo
aguas cristalinas
en el rincón
inhóspito
del recuerdo,
era casi
un sueño
construido
paso a paso
en el camino
recortado
de mi mente
tu cuerpo desnudo
aguas cristalinas
en el rincón
inhóspito
del recuerdo,
era casi
un sueño
construido
paso a paso
en el camino
recortado
de mi mente
Esperanza
Verde como la esperanza,
danzabas
en medio de miradas
clandestinas,
incluyendo
una espuma de cerveza
y un beso
con sabor a primavera
danzabas
en medio de miradas
clandestinas,
incluyendo
una espuma de cerveza
y un beso
con sabor a primavera
Te amé intensamente
En una serpentina
de asfalto
te amé intensamente
entre un cajón aireado
y en movimiento;
te contemplé sin tiempo,
consumí sin límite
tu alma,
mientras te palpaba
frágil e inmensa
como un bohío
de asfalto
te amé intensamente
entre un cajón aireado
y en movimiento;
te contemplé sin tiempo,
consumí sin límite
tu alma,
mientras te palpaba
frágil e inmensa
como un bohío
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